Día 2 Zombies

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Ilustración de Cinthya Halesi

¡Querida hermana! Por fin hemos respirado al leer tu mensaje de hoy. Sobre todo, él.

“¿Abril? Está muy cerca”, le dije, pero la nevada lo cubre todo y he pensado en los libros, en leerle tres fragmentos de Buzzati. No creo que sirva de nada porque es como Giovanni Drogo, ya sabes: quiere ver a los tártaros con sus propios ojos, aunque quizá yo sí consiga entender algo. Según Sara, hasta que no digan lo contrario el parque es un refugio, pero me siento como un ángel exterminador diseminando tu beso por el metro y en el trabajo. Ya no busca las caricias pero nadie lo tiene claro y quizá simplemente sea que no la amo como antes.

Cuando vuelvo del trabajo le pregunto a él por las clases y enseguida sale volando hasta un tejado. Creo que las odia y que allí sólo está aprendiendo a controlar esfínteres, nada más, a vomitar como hacemos todos, metiéndonos los dedos a escondidas. Vemos vídeos en Youtube constantemente y comemos nachos con guacamole. Entonces vuelve a preguntar. “Abril está mucho más cerca”, le digo, pero la nieve se ha hecho hielo en unas pocas horas y sigue mirando a la calle. Hoy nos han llegado iniciativas pensadas también para despistar. Un trivial de no se qué, el juego de la oca de educación física, invitaciones para Zoom, enséñanos tus dibujos de la semana y luego quedan a las seis para hacer yoga familiar. De todas las opciones, al final nos quedamos con Day_Zero.

Se trata de una mujer rubia que se llama Ellen o Ellian, que entra y saluda con las dos manos mientras me sonríen sus labios maravillosos y relucientes de carmín. De repente, él aparece por detrás con su blanca melena rizada y la raya del ojo pintada de negro. Con una mueca golfa coge a Ellen de la mano y van hasta una destartalada silla de barbero, colocada casi en penumbra. Le pide que se siente. Entonces comienza a palpar a Ellen o Ellian. Su frente, a levantarle los párpados. Le pellizca los mofletes. Ellen o Ellian espera inmóvil mirándole fijamente y de vez en cuando mueve los ojos hacia la cámara. Parece intraquila pero como sonríe yo creo que disfruta. De repente no se ve cómo ha ocurrido (es lo que a nosotros nos gustaría ver), pero ahora es la misma mujer arrastrando su cuerpo sucio y sus tripas por el suelo de la habitación. Está llena de mugre, de sangre y no tiene piernas. Parece un caracol deforme dejando su moco de sangre mientras avanza por la sala. Grita y levanta unos brazos flacos y llenos de rajas.

Casi al final, alguien grita unas palabras que no se escuchan bien y entonces varios hombres y mujeres salen de sus escondites y se acercan a Ellen, que ahora no para de reír y de revolcarse por el suelo, con sus piernas intactas de repente. Ellen o Ellien y Day_Zero se abrazan y se parten el culo. Day_Zero la besa en la boca y yo quiero matarle. Todos aplauden y gritan muy alegres y entonces el vídeo se termina ahí, con las bromas de la mujer zombie y de su maquillador melenudo, pero él quiere que lo volvamos a ver. “Me gusta mucho este vídeo papá, sobre todo el final” dice, porque igual que me pasa a mí, no distingue bien la realidad de la ficción.

Mañana iré al hospital. Tengo un poco de fiebre, pero no creo que me dejen verte.

Escríbenos, Abril.

Te queremos.

Lucas, Sara y yo. 

Día 1 Cartas confinadas

 

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Ilustración de Olivia Hardy

¿Dónde estás?¿Qué está pasando? Me he despertado en un charco de vómito y sangre en el salón. Gritos, la vecina, creo, luces, me agarran fuerte de brazos y piernas, siento una veintena de dedos clavándose en mi deshidratada carne. Frío, viento frío eriza toda mi piel y mi cuerpo se mece en un traqueteo que me adormece. El ruido de una sirena me molesta, me molesta tanto ese sonido. No puedo abrir los ojos y no sé si estoy soñando lo que oigo, lo que siento. Un pinchazo en el brazo, dolor. Una máscara que me amordaza, ganas de vomitar, dolor de vientre, dolor de cuerpo, dolor. Frío, calor, dolor.

Quería contarte todo lo que estoy viviendo desde que enfermé.

No sé cuánto tiempo llevo en esta camilla. Me da miedo abrir los ojos porque no reconozco ninguno de los sonidos: ni el murmullo, ni el sonido de aire acompasado de un pitido intermitente, ni las toses lejanas, ni los gemidos, nada me resulta familiar.

¿Dónde coño estás? Siento como si un elefante se hubiera sentado sobre mi pecho, joder, las mascarilla me oprime, me agobia. Insuflando un débil hilo de valentía, abro los ojos.

¿Dónde estoy? Un par de bolsas de goteo hasta la vía de mi muñeca, un hematoma oscuro algo más arriba me hace sospechar que ya me lo cambiaron de sitio antes, que quizás llevo días inconsciente. 

Te escribo para decirte que estoy confinada en el más absoluto horror. No tenía fuerzas para hablar y no podía preguntar por qué había tantos enfermos en hileras interminables por los pasillos. Tuve que ir entendiéndolo sola, observando el trasiego de personal sanitario y pacientes, cientos de enfermos, algunos tumbados, otros sentados en sillas. No hay espacio de seguridad, no hay camas, no hay respiraderos, no hay sitio, no hay sitio.

Hoy vino una enfermera (me vio despierta) a ponerme el termómetro mientras me explicaba que he estado cuatro días inconsciente, que he dado positivo al test de Coronavirus, que llegué deshidratada a causa de la gastroenteritis aguda y con insuficiencia respiratoria, neumonía bilateral, al parecer. Me están poniendo antibiótico, paracetamol y suero. Sigo con vértigos, no puedo levantarme y me ha dejado una especie de palangana de cartón a un lado de la cabeza hacia donde giro para vomitar o expectorar a cada rato.

Dicen que pronto habrá una cama, que pronto me subirán a planta pero veo las mismas caras desde hace dos días, somos los mismos. Excepto los graves. A esos se los llevan en mitad de la noche y nos les ves más. No sé dónde van.

Quiero contarte todo esto y necesito saber que ahí fuera estáis bien. Por Dios, contéstame, te lo suplico ¿Dónde estás?

Crónica de un sueño

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Ilustración de Cinthya Halesi

Estos días de regusto onírico nos han cargado de incertidumbre. Vivimos entre la realidad y el sueño, sin saber si despertaremos pronto, saldremos a la calle, volveremos a los parques y a los bares, al cine y a la peluquería, y podremos constatar que todo era una burda pesadilla.

Entre tanto, sigo escuchando vivencias del hospital, historias de los vecinos, noticias fantasmagóricas y necesito poner cierto orden a toda esta sobre información. Necesitamos hacernos eco de lo que estamos viviendo, no lo que nos cuentan los expertos, los políticos, las noticias, no. Pongamos voz a nuestra realidad cotidiana, lo que vivió mi madre y otros muchos aislados en un hospital, el miedo de mi vecina por los síntomas de su marido, el día a día de los sanitarios, como contengo la respiración para asegurarme que, en mitad de la noche, la de mi hija de cuatro años sigue limpia, sin pitos ni reverberación.

Todos estáis viviendo, soñando estos días. Ninguno sabemos, a ciencia cierta, si lo que oímos, vemos, sentimos, es real del todo o no. Quizás, esa misma sensación de irrealidad sea la única capaz de mantener aislada y segura nuestra cordura. Lo único que sé es que no estamos solos y, mientras tengamos voz para gritar, ojos para leernos y manos para aplaudir, seguiremos conectados.

Sed de piel

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Cáncer us Coronavirus

Un entierro es algo realmente grotesco…. Así comenzaba mi primer relato ganador de premio y publicación hace ya diez años. El entierro era de mi padre, en la ficción. En esa historia mitad real y mitad no, mi padre se llevó la peor parte. Y no le hizo mucha gracia al principio, la verdad. Luego cuando vio las alegrías que me reportaba, como buen padre, aceptó su defunción como justo sacrificio en pro de darme alas literarias. Ese fue el relato que me convirtió en escritora.

Ayer falleció mi padre, en la vida real, tras año y medio de lucha contra el cáncer. Lo hizo a las 11:11, hora de los ángeles. Se llamaba Ángel. 

Sus últimos días de ingreso en el hospital se sucedieron como una extraña película de ciencia ficción: cada día alguna habitación más sellada en la planta de oncología advertía del peligro de contagio por CORONAVIRUS. Atravesar el pasillo sabiendo de la exposición y sin saber a qué te expones realmente genera un miedo brumoso, casi de ensueño, un temor entre real e infundado, una duda que no vence las ganas de acompañar a tu padre, de verle sonreír cada día al darle un beso en la cama. ¿Cómo abandonarle en el final por algo que hasta hace un par de días era poco más que una gripe muy contagiosa?. Después vino la histeria, el desbordamiento, el aislamiento, carreras por el pasillo, casos graves, y la revelación, la certeza de que el virus era algo serio.

Pero el CORONAVIRUS ha arrebatado mucho más que la salud y, en algunos casos, la vida.  Nunca he sido amiga de los protocolos de duelo, entre otros motivos, porque no entendía muy bien su función, su utilidad. Ayer lo entendí. Es muy difícil llorar si nadie te abraza. Es extraño pero necesitamos el calor de otros para soltar, aflojar, canalizar y aceptar. En un ceremonial casi vacío le despedimos, casi nadie se acercó por motivos obvios, los presentes con mascarillas guantes y guardando distancias de seguridad. Intentando llegar al final de la misa sin toser, sin asustar a nadie.

Entre tanto, mi madre ingresó dos días antes con neumonía y gastroenteritis, positivo al test de coronavirus, deshidratada y febril, exhausta. El aislamiento y la saturación de los servicios sanitarios nos mantiene lejos de ella, incomunicadas, no sabemos si está bien, si se recupera. Hasta ayer ni siquiera sabíamos en qué hospital estaba pues entran en uno y,  por falta de camas, acaban en otros.

Una vez más, el coronavirus, cual mercurio retrógado, nos incomunica de nuestros seres queridos.

Nuestra generación no sabe nada de estado de sitio, de racionamiento, no entendemos la palabra precariedad. La otra crisis, la económica, se nos antoja un tropezón leve y lejano. En la otra ya aprendimos a vivir con menos.

En esta aprenderemos a vivir sin nadie. 

Pero todo sirve, y el verdadero aprendizaje será, creo yo, hacer aflorar nuestra dormida filantropía.

En una sociedad separatista, dónde desconfiamos del vecino, del maestro, del médico, nos hemos encerrado en nuestras casas con nuestras alarmas y hemos criado a nuestros hijas e hijos solos. Nos han dicho que la familia son los que están de puertas para adentro y que solo ellos cuidarán los unos de los otros.

Este confinamiento servirá para frenar el virus, pero también servirá para que valoremos mucho más a los que nos rodean, nuestros amigos, los compañeros del trabajo, la familia de fuera de la casa. Este ejemplo de cómo se siente la vida sin allegados, nos ha de enseñar a valorar nuestra tribu.

Ojalá el cambio de paradigma del que todos hablan sea social, hasta antropólogico. Ojalá este aprendizaje nos muestre una filosofía de vida que tan solo recuerdan los más ancianos, curiosamente. Ellos, que cuidaban de los hijos de sus vecinos como si fueran los suyos, que hacían un puchero y lo compartían con el que tuviera hambre dentro o fuera de casa, ellos que abrieron sus hogares a cualquiera que lo necesitara, que no abandonaron jamás, por empatía, por solidaridad, porque mañana podría ser cualquiera, por amor. Justo homenaje aprender lo que ellos ya aprendieron hace más de diez lustros, hacerlo tan bien como ellos lo hicieron.

Cuando todo pase, abriré mis puertas y mi corazón mucho más que antes del COV. Cuando todo pase, buscaré una tribu enorme donde criar a mis hijas, donde criar a los hijos de los demás. Buscaré el calor que no encontré en la sala del crematorio y me abrazaré fuerte a todos vosotros para sentir el valor, la energía y el consuelo que aún no tengo.

Quizás, valga para algo el echarse tanto de menos estos días, para entender que el pasado no importa, para perdonar, amar y disfrutar como nunca de los que hoy no podemos disfrutar.

Ah y,  por el momento, viva WhatsApp!!!! ♥

Feliz Nochebuena

serpiente de fuego

Ha sido un año intenso. De esos que te cambian la vida. Siete días para mirar de frente al miedo, al fracaso, al duelo y perdonar… y aceptar. En tan solo siete días se acaba un ciclo y el viento ya sopla las cenizas del olvido. Me miro los dedos y observo las grietas, la descamación aumenta dolorosamente. La última semana del año es momento para la meditación, hacer balance, traer pacíficos recuerdos. La calma, después de tanto ruido, doy gracias por cada momento de silencio que se me regala. Duele, la piel me cae a tiras por las espalda, me envuelve un frío raro. Pero agradezco, también, el ruido de risas, lloros, mocos, el ruido de manos tersas y carreras de pies pequeños; agradezco cada aliento en mi rostro de noche, cada soplo de vida, mis pequeños, inmensos retazos de vida. Mi rostro, mi cuello, mi pecho, la mitad de mi cuerpo desnudo deja entrever un nuevo yo. Siete noches para celebrar lo mejor de este año, una vez más, las serendipias, cada feliz encuentro y reencuentro, cada mirada, cada sonrisa, cada persona amada que me ha acompañado este año, que me ha ayudado a levantarme cuando caía, otra vez, cientos. Gracias… a ti, sí, has sido importante este año, has sido vital, imprescindible. Creía que no podría conseguirlo pero, mira, aquí estamos los dos. Sobre mis pies descalzos yace mi vieja piel y el brillo de la vela se refleja en esta renovada dermis, más fuerte, más sabia, de propiedades organolépticas. Siete, solo siete para cumplir uno más, renacer con el año nuevo al lado de seres tan maravillosos como tú, increíbles héroes y heroínas de la cotidianidad. Contigo he aprendido tanto este año, gracias por el hombro, el abrazo y, sobre todo, gracias por las risas locas y la felicidad sin control, ilimitada. Te quiero mucho y abriré bien los ojos para ver como todos tus sueños se cumplen en el 2020, estaré atenta y prometo no dejarte caer, llenarte la boca de soles hasta hacerte reír amaneceres, devolverte megahercios de felicidad, ese es mi propósito.

Los rimacuentos de Maramabooks

Hoy quiero hablaros de mi proyecto personal. Tres años de trabajo ven su fruto, frutos de amor, canciones, historias, adivinanzas, 3D y juegos de aprendizaje por igual. 

RIMACUENTOS interactivos con Realidad Aumentada

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Los rimacuentos son poemas ilustrados que se pueden leer y cantar.

Cada minicuento trabaja varios campos de aprendizaje.

Una colección de seis cuentos infantiles interactivos para edades de entre 1 a 8 años que tienen las siguientes peculiaridades:

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  • Formato de 10×10 cm muy económicos y de fácil transporte y manejo (para que los/las peques los puedan llevar a todas partes).
  • Historias en verso compuestas de rimas sencillas que se pueden contar y cantar, lo que prefieras.
  • Temas didácticos en los que se trabajan, al menos, dos campos de aprendizaje por cuento.Como por ejemplo las vocales, el sistema solar, las horas…. Para aprender bailando y cantando, rimando y jugando.
  • Dibujos coloridos con escenas que se pueden seguir incluso sin leer.
  • Personajes interactivos a través de una app, que interactuarán con los peques de diferentes maneras y posibilidades (desde un sistema solar animado hasta un esqueleto bailando conga).
  • Los peques pueden leer los libros y después divertirse jugando con los personajes a través de la app de Marama Books, donde podrán visualizar los personajes (Cada cuento viene junto con un personaje en realidad aumentada). 
  • Al enfocar una determinada página de cada cuento, aparecerá el personaje del cuento, con divertidos movimientos, sonidos e interacciones con los movimientos de los niños sobre la tablet o el móvil, (girar, agrandar, cosquillas, cambiar tipo de baile, aprender los planetas del sistema solar etc).

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Somos un joven equipo creativo (Eva Aro, Olivia Hardy, Antonio Puentes y Susana Armengol) con ganas de mostrar al mundo nuestra novedosa visión de animación a la lectura, una fórmula que aúna literatura, nuevas tecnologías y ocio para aprender jugando.

Por ello, necesitamos tu apoyo. Nuestro proyecto está en la fase de crowdfunding en Verkami y, si llegamos al objetivo de aportaciones, podremos hacer llegar estos cuentos a cientos de niñes. Os pido 5 minutos visitando nuestro proyectito y millones de gracias por estar ahí y creer en nosotres.

VER CUENTOS MARAMABOOKS

Nunca dejes de soñar…

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Mi sombra

En algún momento, haces frente a la sombra. En algún momento, lo más oscuro de la maternidad se hace visible, dolorosamente real. Está ahí. La sociedad y una educación basada en el patriarcado hacen que la escondas, que te mientas, que no te dejes sentir. La culpa hace el resto. Tengo dos hijas, la mayor de seis años y la pequeña de cuatro. Es ahora, cuando empiezo a ser consciente de que mis limitaciones son humanas, mis deseos de gritar, golpear, amenazar, huir, desertar, están ahí y no está mal que existan, al contrario. No soy un robot, no soy una máquina diseñada para ser perfecta, sin remordimientos, sin errores, incesante. No soy una diosa, no soy una heroína. Soy una madre, una  mujer, una persona, una más, una de tantas. Y hay días en los que el cansancio y la inseguridad hacen mella y me frustro, me harto, casi me rindo. Hay días en los que ser madre me viene tan grande. Esos días, llego a la noche y lloro mucho y, después del desahogo, me acepto, les pido perdón y les doy un último beso, ya dormidas, les huelo el pelo y su perfume me recuerda que todo está bien, todo es normal y necesario, todo forma parte del amor que estamos forjando. Y me quiero.

Pero también siento que necesito ayuda, que es muy duro llevar tantas tareas, tantos miedos, tantas responsabilidades a cuestas.

Les niñes, el trabajo, la casa, la compra, el colegio, los médicos, la “inconciliación”, y entre esto y un largo etc debo estar yo, seguro que ahí estoy aunque, a menudo, no me encuentre. ¿Dónde queda la mujer divertida, creativa, introvertida si le apetece? ¿Por qué no puedo ser la madre y la mujer al mismo tiempo? Porque esta sociedad te hace elegir, porque para ser madre, me dijeron, hay que SACRIFICARSE.

Necesitamos REINVENTAR el concepto de maternidad. Necesitamos dejar de cumplir expectativas heredadas, superar esa culpa ancestral por dedicarnos a querernos un poco, como si ello conllevara dejar de quererles. Necesitamos unirnos, no compararnos, quemar listones, rebasar límites.

Ayudadme, por favor, tenemos que contar la historia de otra manera, ayudadme a definir el cambio que necesitamos para sentirnos plenas en nuestros diversos rolles, no solo compaginarlos, sino fusionarlos. Tiene que haber una manera y os lanzo el reto de, entre todas, la encontremos, la aprendamos y la divulguemos.

Esta sombra es la de todas, la de muchas madres, mujeres, lobas… enviarme vuestras historias, vuestras lágrimas, hacerme participe para entender, para redefinir y expresar. Si alguna vez lo has sentido, gracias, te quiero.

Dejaré una frase impresionante del libro “Mujeres que corren con los lobos” de  Clarissa Pinkola Estés.

“Confío en que salgas y dejes que te ocurran cuentos, es decir, vida, y que trabajes con estos cuentos de tu vida —la tuya, no la de otra persona—, que los riegues con tu sangre y tus lágrimas y tu risa hasta que florezcan, hasta que tú misma florezcas. Ésta es la tarea. La única tarea.”

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